Cuando el orgullo no me deja ni verte ni hablarte

abril 07, 2014
orgullo

Que las relaciones personales son complejas es algo conocido, que son imprescindibles para vivir cuerdo y feliz es, por si lo dudabas, un hecho contrastado.

 

Nuestra necesidad de conectarnos con los demás, de relacionarnos satisfactoriamente, de reconocer y ser reconocidos es motivo de intensas alegrías y de amargos desengaños. Hasta aquí lo que ya sabes, ahora, añádele al cóctel otro ingrediente irrefutable, a saber que, como cantan los Beatles,  All you need is love, y un dato más técnico, que el orgullo es el principal verdugo de las relaciones personales y ya puedes sacar conclusiones. Si relacionarnos es fundamental, Cuantas más relaciones encorsetadas por el orgullo mantengas, más fácil será que tu vida se vuelva amarga porque en presencia del orgullo, las relaciones se tornan rígidas y se envilecen a una velocidad de vértigo. Esas relaciones son una lluvia ácida que corroe tus deseos y sueños, veneno sutil que enferma a tu cuerpo y niebla espesa que confunde tus emociones y pensamientos.

 

La calidad de tu vida dependerá en gran medida de la calidad de tus relaciones. Las relaciones afectadas por el orgullo son un agente contaminante para tu felicidad. 

No voy a detenerme en convencerte de que el orgullo soberbio, intransigente, propio del siglo XVI, es una pésima inversión, que está detrás de los mayores fanatismos o que conduce al aislamiento que es la peor forma de soledad.  Cuando el orgullo suena a panfleto, sus formas son tan toscas que  tienes pocas probabilidades de dejarte tentar por una manifestación tan zafia… Pero has de saber que el orgullo tiene otras caras, tan contaminantes como la versión más burda, pero mucho más sutiles y difíciles de identificar y, por lo tanto, de remediar. De hecho,el orgullo parasita de incógnito muchos corazones y complica muchas vidas.

Curiosamente, tenderás a verlo en el otro, pero precisamente por eso, por esa natural resistencia a verlo en ti es por lo que merece la pena que compruebes que no esté alojado en el tuyo y que si lo encuentras, te propongas librarte de él.

 

Llámale orgullo a cada ocasión en la que creas que tratar de hacer las paces con alguien teniendo tú la razón es indigno o humillante o que debes castigar al infractor con tu silencio y ausencia.

 

Esta línea de pensamiento suele aflorar en relaciones en las que hay una importante carga emocional y resulta especialmente dolorosa puesto que te obliga a poner distancia con personas a las que aprecias, incluso quieres abiertamente, en aras de instaurar algo que vendría a ser “lo que es correcto.” Así, si alguien ha hecho algo que tú consideras que está mal, es probable que mantengas la distancia y el silencio hasta que lo comprenda y se disculpe por ello. Y eso puede durar, más o menos… toda la vida.

¿Cuántos hermanos, amigos del alma o padres e hijos hacen las paces a destiempo, cuando la inminencia de la muerte les arranca de cuajo su armadura del orgullo? Asegúrate de no ser una de esas personas. Una relación marcada por esa forma de orgullo que lleva a negar la comunicación con el otro condiciona a toda una familia, se hereda como una propiedad con deudas y causa un efecto dominó de úlceras e impotencias. No se trata, claro está, de que si alguien hace algo malo le aplaudas, se trata de que no le cierres la puerta.

 

No tienes que cambiar tu mensaje, tienes que cambiar tu actitud. Querer en lugar de negar que quieres. De hecho, si alguien que te importa ha hecho algo que crees que está mal, tú eres quien ha perdido la paz. Y recuperarla debería ser una prioridad tuya.

 

Además, sé sincero, si cortas toda relación con esa persona a la que hasta ese entonces querías, lo que estás haciendo es condenarle y esa es una buena manera de decir que tú eres superior, que es otra de las caras del orgullo, cuando se presenta como superioridad moral.

La forma de recuperar la paz que tú mismo has perdido tiene todo que ver con encontrar una forma nueva de hablar y nada que ver con el orgullo del silencio o la condena. Tiene que ver con entender que cuando nos relacionamos o estamos dando amor o lo estamos pidiendo, y que tendemos a pedirlo de la forma más equivocada y rocambolesca. Tiene que ver con creer que el cambio es posible, que el error no define a las personas sino a las circunstancias puntuales que han vivido esas personas y que las puertas, a diferencias de los muros, están hechas para cerrarse y volver a abrirse cuando las cosas lo permitan.

Así que aunque no nos detengamos  en las distintas vías por las que puedes recuperar la paz, si te ciñes a esta simple instrucción, esta lectura habrá valido la pena:

 

si alguien que te importa ha hecho algo que no te gusta, díselo, díselo tantas veces como te lo permita. No calles, no le gires la cara, no dejes mensajes o llamadas sin responder porque no se disculpa. Si te vuelve a hablar como si no hubiera pasado nada, recuérdale que ha pasado algo, pero no pierdas la conexión, no tapies la puerta y no condiciones la comunicación a que dé señales de haber comprendido.

 

Dale una patada al orgullo y tal vez notes que a tu corazón le salen alas aunque la situación siga enquistada. Se trata de tu paz, ¿recuerdas? Si echas al orgullo por la borda, tu paz tendrá más sitio para aterrizar. Así es por raro que parezca…

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© Gloria Mendez

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